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Un Principe para los Balcanes
Valentí Puig.-
8/9 August 1999
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Sur de Malaga
El Comercio de Asturias
El Diario Vasco
Diario de Sevilla
Diario de Leon
Hoy de Extremadura
La Verdad de Murcia
El Diario Montanes
En un despacho del londinense Hyde Park un hombre lleva años
esperando para consumar el destino de su linaje. Puede tomársele
como un hombre cualquiera, afable, de gran sentido común, pero su
tenacidad en el arraigo de los consensos y un talante suprapolítico
para el bien común indican que su vocación es de aquellas
que solo pueden realizarse desde un trono constitucional. Es el caso del
príncipe Alejandro de Yugoslavia, uno aspirantesa rey que tiene
posibilidades de contribuir al cambio en su país –Serbia y Montenegro-
encabezando una monarquía parlamentaria. Otros pretendientes aparecieron
para otras coronas pero en este momento es el príncipe Alejandro
quien ejemplifica mejor los méritos de la monarquía para
sacar a su país del caos y la autodestrucción.
Existen algunos rifirrafes dinásticos que el tiempo y la realidad
de los acontecimientos solventarán fácilmente. El problema
está en el “timing” histórico, en el feroz protagonismo de
los políticos, en la hiperinflación y la devastación
moral que genera el totalitarismo, en la inmadurez política
de una “nomenklatura” post-comunista que bajo Milosevic ha superado todos
los límites de acomodación y bajeza. He entrevistado varias
veces al príncipe Alejandro y tuve la oportunidad impagable de viajar
con él y un pequeño grupo de periodistas cuando hizo su primer
viaje a Yugoslavia en octubre de 1991. Fuimos desde Zurich a Belgrado
en un vuelo privado. Otras veces ya me había hablado en términos
comparativos con la restauración monárquica en España
en la persona del Rey Juan Carlos. Ese es un proceso que el príncipe
Alejandro puede analizar en todos sus vericuetos. Entonces me dijo: “No
solo me falta un Suárez. Ni tan siquiera tengo un Fraga”. Aunque
tiene pasaporte británico, viajaba sin papeles, casi medio
siglo después de que su padre fuese derrocado ilegalmente por los
comunistas en 1945.
Al llegar a Belgrado, besó tres veces la tierra de sus
antepasados y los coros cantaron por primera vez en muchos años
el himno monárquico. Le fue presentada la oferta tradicional de
pan y sal. Aquel viaje contaba con el claro apoyo de la Iglesia ortodoxa
y del Movimiento Serbio de Renovación, liderado por Vuk Draskovic.
En aquel momento, Draskovic era un poeta de mirada enfebrecida que había
sido apaleado por la policía de Milosevic. Luego sería viceprimer
ministro de Milosevic y ahora vuelve a ser su opositor. Fuimos a Topola,
en el corazón atávico de Serbia, donde están enterrados
casi todos los antepasados de la dinastía Karadjordje. Había
veteranos de las guerras balcánicas, con sable y muchas medallas.
A los periodistas extranjeros, Draskovic nos arengaba en nombre de
la restauración monárquica que ya daba por hecha, pero la
situación era muy distinta a la transición democrática
en España. Luego, en la plaza frente a la catedral de San Sava en
Belgrado, Alejandro fue aclamado por lo que quedaba de Yugoslavia. Aún
no había llegado el momento decisivo para ser símbolo efectivo
de unidad y continuidad.
Han pasado años –largos años- y ese momento pudiera haber
llegado con la descomposición gradual del régimen de Milosevic.
El partido de Draskovic y el Partido Democrático de Djindjic darían
su apoyo a la restauración monárquica con el príncipe
Alejandro, para el borrón y cuenta nueva que entronca con una continuidad
superior. En una reciente entrevista con el historiador Hugh Thomas, el
príncipe Alejandro insistía en que en la actualidad no hay
en Serbia otra institución que tenga el crédito que tiene
la monarquía y apelaba a los partidos de la oposición para
trabajar en un gobierno de salvación nacional que emprenda con vigor
las reformas más necesarias. El príncipe sin trono está
convencido de que las gentes de Serbia y Montenegro darían su apoyo
a una monarquía constitucional.
Estratégicamente, el príncipe Alejandro no es partidario
de convocar elecciones inmediatas sino de lograr un gobierno de salvación
nacional que en un plazo de tres años haya llevado a cabo las reformas
más urgentes. Confía en la lealtad patriótica de sectores
del ejército y en el “timing” preciso para que no se produzca la
grieta definitiva entre Serbia y Montenegro. Frente a estas posibilidades,
los tentáculos de ministerio del interior tienen aún la capacidad
opresiva del totalitarismo añejo. Después de una visita a
Kosovo a finales de junio, Alejandro dijo: “Hemos tenido comunismo y diez
años de locura total. De camino he visto los resultados de la limpieza
étnica. Es de lo más repugnante. Los albanokosovares han
sufrido. Ahora vemos ataques de represalia contra los serbios. Señalo
directamente al hombre culpable de tdo. Milosevic debe irse, por el bien
del pueblo serbio y del pueblo montenegrino, y de todos, sea cual
sea su origen étnico”. En una circunstancia terminal, nociones como
democracia, unidad, continuidad y estabilidad suenan a garantía
de futuro.
Es curioso que, aunque nacido en el exilio, el príncipe Alejandro
pueda decir que vio la luz en tierra de sus antepasados. Hubo en Londres
un acuerdo entre su padre Pedro II de Yugoslavia, el gobierno británico
y el rey Jorge VI para que una “suite” del hotel Claridge’s fuese declarada
transitoriamente tierra yugoslava. Lo fue durante un día, el 17
de julio de 1945. Esas anécdotas importan cuando se habla de la
alternativa monarquico-constitucional frente al caos enquistado o a una
imitación balcánica de Corea del Norte. |